Pide un deseo
Te echo de menos cuando llego a casa y pienso que quisiera estar contigo dando paseos sin tiempo, mientras te cuento historias de amor que invento para verte sonreír otra vez.
Te echo de menos cuando sé que estoy invitada a una cena y sólo quisiera que fueras tú mi sola compañía quien me espera, y llegar y sentarme enfrente de ti y detenerme a contemplarte entre la luz del vino y la medianoche, sabiendo que miro a quien convirtió mi vida en un horizonte inmenso y sin límites.
Y cuando ya, en la cena, me sirven y sonríen, no veo a quienes me rodean, porque viajo con el pensamiento hasta tu nombre, que suena tan bien cuando lo repito una y un millón de veces en un silencio suave que sólo yo escucho.
Y tampoco escucho lo que me dicen, porque no tengo más espacio que para repetir, silenciosamente, dos palabras, te amo, que no se esfuman sino cuando empiezo a desnudarme, antes de acostarme, y pienso si mi cuerpo, todavía joven, es joven y se resiste a envejecer para ti en la esperanza de que sólo alguna vez, por un instante efímero, decidas prestarme, sin prisas, tu corazón amado y amante, y junto con tu corazón, tu cuerpo, orilla, puerto, muelle, acantilado, que en largo suspiro me lleva donde vaya y me encarcela.
Te echo de menos cuando salgo al balcón, invadido de tormenta, y mientras miro los árboles, no veo las ramas de los sauces bailando frenéticas de pasión ante el viento seductor que las arremolina, sino tu cuerpo desnudo y tu respiración agitada, abordados del reflejo de la noche, donde nos ocultamos juntos, y logro encender tu cuerpo como fuegos de fin de año, y, entonces, ya no importa si el temporal deshace la vida, el universo y las estrellas, porque yo estoy contigo y ya no necesito que me concedan otro deseo.
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